MI ANHELO: LA RUTA MÀS CORTA HACIA LA INDIA
Mi nombre es Critòbal Colòn, nacì en Gènova Italia en 1451, soy el primer hijo del matrimonio formado por los señores Domènico Colombo y Susana Fontanarrosa; desde muy pequeño tuve siempre la intenciòn por conocer el por què de las cosas; recuerdo que constantemente observaba la caìda de las hojas de los àrboles en el otoño, la manera en que mi padre preparaba los quesos que vendìa y posteriormente, la forma en que hacìa negocios con los productos que artesanalmente elaboràbamos en casa.
Recuerdo que cuando tenìa como 10 años, como todo niño, un dìa que mi padre estaba molesto por una mala negociaciòn que hizo; mis hermanos y yo, decidimos apoyarlo echàndole agua a la leche para que se hicieran màs quesos y que pudiera recuperarse parte del dinero perdido; pero comprenderàn que en lugar se obtener buenas ganacias del "trabajo realizado", obtuvimos una tumda que hasta la fecha la recuerdo, porque no se pudo elaborar absolutamente nada. En fin, gracias a la intervenciòn de mi madre, no salvamos de un mayor castigo.
Un dìa, siendo ya adolescente y en el nuevo negocio de la familia: una taberna, llegaron unas personas que por sus fachas, eran aventureros que recièn habìan desembarcado de un largo viaje, pues derrochaban y mostraban las riquezas que traìan de un lugar muy lejano y enigmàtico al que nombraban "la India". Escuchè con mucha atenciòn sus relatos e inmediatamente pensè que algùn dìa serìa como ellos, y encontrarìa la ruta màs corta para llegar a este hermoso lugar, de donde se decìa, se traìan esencias que se convertìan en muchos chelines cuando se vendìan. Sin embargo, ¿còmo lograrìa mi objetivo, si ni siquiera se leer, ni escribir?
Tuve la osadìa de que cuando cumplì 17 años, decidì irme con un grupo de marineros que siempre que regresaban de sus viajes, visitaban nuestra taberna; empecè haciendo mandados y limpiando los pisos de la cubierta de sus navìos; pero poco a poco, me llamò la atenciòn las cartas de mar y aprendì a leerlas, cuestionè a los pilotos en torno a còmo guiarse por el inmenso mar, en las noches de grandes tempestades y sobre todo, me permitì conocer y recorrer el hermoso mar Mediterràneo; asì cuando cumplì 20 años, puedo decir con orgullo que era ya un excelente Marinero de los siete mares.
Por estas èpocas, siendo ya un hombre con mucho conocimiento del mar, me establecì temporalmente en hermosos puertos de Portugal, Francia y España; profesando la religiòn catòlica, por lo que constantemente asistìa a misa, donde conocì a Felipa Moniz Palestrello a quien en 1477 desposè y un año màs tarde tuvimos a nuestro primer hijo que bautizamos bajo el nombre de Diego. Sin embargo, es muy doloroso recordar esta faceta de mi vida, pues justo al primer año de mi pequeño hijo, Felipa muriò de repente...comprenderàn que me cuesta mucho trabajo hablar de esto, pues aùn es doloroso recordar; aunque debo admitir que sin este hecho no serìa lo que soy actualmente, un gran navegante.
Despuès de asegurar a mi hijo con sus abuelos maternos, me aventurè y me aferrè a encontrar una ruta màs corta hacia la India, pues siempre he pensado que la Tierra es redonda y que si sigo navegando hacia el Occidente, podrè ahorrar tiempo, dinero y esfuerzo para disfrutar de los placeres de la vida, teniendo mucho dinero...pero, me cuesta mucho convencer a las personas acaudalas de este lugar para que finacien mi viaje, pues todos afirman. ¡que estoy completamente loco!, pues aseguran que nadie encontrarà una ruta distinta a la ya establecida.
Decidì, junto con mi hermano Bartolomè, elaborar un proyecto al que nombramos Xrobal Colòn, donde trazamos las posibles rutas para llegar màs ràpidamente a la India; mismo que se lo mostramos a Rey Juan II de Portugal, quien seguro estoy despuès de haberlo visto, iba a mandar a sus marineros a encontrarla, pues nunca confiò en nosotros y sòlo robò nuestras ideas; màs sin embargo desconocen, que hay partes que solo mi hermano y yo sabemos hacia donde ir. Por lo que, gracias a comentarios de varios compañeros de batallas, me he trasladado a España, en donde tengo la oportunidad de mostrarles a los reyes Fernando e Isabel mis ideas de exploraciòn y con ello convencerlos de lo que anhelo hacer. Cabe hacer menciòn, que el Rey es desconfiado y señala que debe someter en el Consejo de sabios mi peticiòn; pero debo resaltar que sin dudarlo, despertè la curiosidad de la Reina, quien seguro estoy me apoyarà para que realice este mi gran viaje.
Es la mañana de un lunes, cuando recibì la noticia de que los reyes querìan verme para comunicarme la decisiòn que habìan tomado, y que con tristeza sabìa que era un rechazo absoluto a mis ideas; muy temeroso asistì y con mucho entusiasmo recibì la autorizaciòn de que finaciarìan mi viaje a costa de mucho sacrificio, pues tuvieron que hipotecar propiedades y empeñar joyas para juntar la cantidad que requerìa. Debo ser honesto y resaltar que entre làgrimas y risas, agredecì el apoyo y jurè que no los defraudarìa.
Ya con el dinero, iniciè mi bùsqueda de las caravelas y la tripulaciòn de las mismas; por lo que con mucha curiosidad lleguè a casa de los hermanos Pinzòn, viejos lobos de mar, de quienes se afirmaban eran grandes expertos en rutas hacia el lejano Occidente; tuve la fortuna de que estas personas convencieran a otros marinos de acompañarnos en este viaje y de esta manera fue como llegamos con los señores Niño y Pinto, a quienes pedimos que armaran los navìos que màs tarde llevarìan sus propios nombres. Sin, embargo, aùn faltaba una para un servidor, pues las otras serìan piloteadas por Martìn Alonso y Vicente Yàñez, pero fueron estos quienes me guiaron hacia la Marigalante, una hermosa nave anclada en el puerto de Palos a la que rebautizamos con el nombre de la Santa Marìa.
Despuès de tantas penurias, y ya con los recursos establecidos, la mañana del 3 de agosto de 1492, partimos del puerto de Palos, España hacia el legendario Occidente en busca de la ruta màs corta hacia la India, de donde traeremos riquezas que nos beneficiaràn a todos los marinos y haràn de esta monarquìa, a quien jurè lealtad y obedicencia, la mejor del mundo; solo esperando en que la suerte, la buenaventura y la Santa Marìa nos acompañen y hagan que regresemos con bien a tierra firme.